Testigos del Evangelio del trabajo

Con la fiesta de San José Obrero, el mundo católico adhiere a la conmemoración mundial del Día del Trabajo, y confía a su protección a los hombres y mujeres trabajadores.

 
Viernes 27 de Abril de 2012
El trabajo humano es la actividad que permite al ser humano sostener su vida material, familiar y comunitaria pero, más allá de eso, le permite construir un proyecto vital trascendente. En el trabajo, el hombre y la mujer, junto con aportar a construir y sostener la sociedad, construyen un espacio para el desarrollo de sus capacidades y potencialidades; ponen en acción sus sueños y proyectos vitales. Se hacen parte de la tarea de la Creación. En este sentido el trabajo es una actividad esencialmente humana e íntimamente divina.

Al adherirse a esta conmemoración como Iglesia queremos hacer presente en la figura de San José algunas dimensiones que otorgan un sentido profundo a la vida del trabajo.

La persona de José nos da cuenta de un hombre sencillo y responsable, un hombre capaz de sostener a su familia y protegerla, que no vacila en ese cometido. Como José, vemos a diario hombres y mujeres que con enorme esfuerzo luchan cada día por sostener a sus hijos y darles herramientas que les permitan proyectar su vida. Hombres y mujeres cargados de profundos sentimientos y valores que los animan. En segundo lugar, en José vemos un hombre con una profunda fe que le permite reconstruirse en medio de la adversidad, del exilio, del desarraigo. ¿cuántos de nuestros trabajadores –hombres y mujeres- deben migrar de sus hogares y desarraigarse para proveer el sostenimiento de sus familias? ¿a qué costos?

En tercer lugar, en José vemos la novedad del Dios que se encarna, que se hace como nosotros, nace en medio de la familia de un trabajador. A José se le pide que haga crecer, eduque y enseñe al Hijo de Dios, y él lo hace enseñándole su oficio. Muchos años de la vida de Jesús transcurrieron en el banco de carpintero de su padre, mirando y haciendo con él. Esta sencilla imagen nos muestra todo un “evangelio del trabajo”: es Dios trabajando a la par del hombre, fundamento a partir del cual sostenemos que el valor del trabajo no está solamente en el servicio que se presta o en el producto que se fabrica sino en el hecho de que quien lo ejecuta es una persona y que esa persona continúa colaborando con Dios en su obra creadora.

Esta tercera dimensión nos obliga a preguntarnos cuánto hemos avanzado, o si nos hemos acercado siquiera a dignificar el trabajo como Dios nos lo enseña, poniéndonos al lado del trabajador, en su mismo banco, en su mismo escritorio, detrás del mesón de la tienda o del volante, en la línea del packing, en la fila del casino, en la caja en el supermercado…

Muchas veces escuchamos de los trabajadores expresiones como “trabajo pero no me alcanza para vivir”, producto de salarios que no alcanzan para sostener dignamente la vida de ellos y de sus familias; o “trabajo pero no tengo tiempo para vivir” ya que los salarios insuficientes provocan las personas deban trabajar en más de un lugar o hacer largas jornadas para aumentar sus ingresos, restándoles tiempo de familia, descanso o compromiso social.

Otras veces el lugar de trabajo es vivido como un lugar de tensión y frustración por maltratos o por la inestabilidad. Nuevas formas que asumen las relaciones laborales son –a veces- un obstáculo para la convivencia, la pertenencia y la identidad debilitando la posibilidad de socializar y organizarse.

Finalmente, el trabajo es concebido solo como un factor del costo de producción. Aceptando que el mercado es el único regulador de la mano de obra y de la fijación de salarios, hemos desembocado en la consolidación de una doctrina que considera al trabajo como un medio de producción y no como un espacio de construcción común, como la actividad mediante la cual el hombre y la mujer construyen su vida.

Muchos desafíos emergen desde la mirada de la brecha entre el modelo de trabajo que nos propone el Evangelio y su expresión concreta en los rostros de muchos hermanos: la urgencia por la dignidad en el trato de los trabajadores; su derecho a un salario digno que les permita vivir sin dependencias de subsidios; la posibilidad de poner sus capacidades al servicio de la vida y la transformación de su mundo; el respeto al derecho de organizarse para velar por los derechos de todos, entre otras.

Tenemos en el corazón de nuestra Iglesia testigos de la fe que asumieron, animados el Espíritu, su lugar en el caminar de los trabajadores: grandes dirigentes sindicales, como Clotario Blest, Manuel Bustos; María Rozas y Teresita Carvajal, mártires como Tucapel Jiménez, pastores comprometidos con los trabajadores y su organización, como el Padre Alberto Hurtado y el Cardenal Silva Henríquez… En Concepción recuerdan con cariño al P. Carlos Puente, que animó las comunidades de trabajadores.

En este día también queremos agradecer al Padre por el trabajo incansable de Mons. Alfonso Baeza, Vicario de los Trabajadores por muchos años; del P. Walter Heckemeier, que acompaña el trabajo de los artesanos en la obra Kolping; el diácono de La Serena Hugo Aguilera, antiguo dirigente portuario; Bernardita Muñoz, presidenta de las Trabajadoras de Casa Particular. En ellos, actuales testigos y herederos de las grandes personas que a modelo de Jesús se pusieron al lado de los pobres, agradecemos a Dios por todo el servicio brindado a los trabajadores.

Sabemos que la presencia del Resucitado alienta en muchos trabajadores y trabajadoras que tratan de construir el Reino en medio de sus lugares de trabajo, promoviendo formas más dignas de relación, trabajando con todas las personas de buena voluntad para garantizar la dignidad y los derechos de los trabajadores. Sabemos también que el mismo Espíritu alienta a empleadores que buscan promover las condiciones de vida de sus empleados y empleados, y se esfuerzan más allá de lo que piden las leyes.

Es ese espíritu de la Resurrección que renovamos en la Pascua, espíritu de comunión y fraternidad en la construcción de una sociedad más equitativa y solidaria lo que deseamos y pedimos, para todos los trabajadores y trabajadoras de nuestra tierra.

Que la intercesión de San José, esposo de María, padre terrenal de Jesús, modelo y patrono de los trabajadores, nos ayude a construir la sociedad que anhelamos.

† Alejandro Goic Karmelic
Obispo de Rancagua
Presidente Pastoral de los Trabajadores


P. Eduardo Morin Maheux
Asesor Nacional
Pastoral Nacional de los Trabajadores
Santiago, 27-04-2012
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